Mota Lunares

Capítulo 1

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Mota odiaba sus lunares. No entendía por qué tenía tantos. Ni por qué estaban todos situados en su espalda cuando, en el resto del cuerpo, no tenía ni una peca.

Por eso, mantenía una estrecha vigilancia sobre ellos con dos inspecciones diarias: por la mañana y por la noche. Como cada noche, Mota le dio la espalda al espejo y comenzó lo que ella llamaba la Observación Lunar.

Aunque se había preocupado mucho por mantener sus lunares en secreto, la noticia había corrido de boca en boca, y los niños del barrio ya la conocían como Mota Lunares.

Bueno, no todos. Más de uno prefería llamarla la Lunática.

 

–… 97, 98, 99… ¡y 100! –acabó de contar Mota, aliviada de que no hubieran surgido lunares nuevos–  Y ninguno se ha movido…

 

En realidad, era esto último lo que más preocupaba a Mota: que sus lunares se desplazaran. Imaginaba que podían deslizarse por su espalda para agruparse en lunares cada vez más y más grandes, hasta formar manchas enormes, como las de la piel de las vacas. Y que entonces ella ya no sería Mota Lunares, ni siquiera la Lunática. Sino que sería Mota, la Niña-vaca.

Más de una vez había tenido pesadillas en las que algún presentador de televisión la anunciaba con ese nombre.

 

–Buenas noches, Punto.

–Guaaauu… –bostezó su perro a los pies de la cama. Mota apagó la luz y, al instante, el techo de la habitación se iluminó con un montón de puntitos brillantes. Las estrellitas fosforescentes lograron que Mota se durmiera pronto.

Capítulo 2

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Mota había dormido muy bien, sin pesadillas sobre la Niña-vaca ni nada. Se estiró sobre la cama para acabar de despejarse y se plantó de espaldas al espejo.

–Primera Observación Lunar del díaaa… ¡Aaaaaaaaaaah! –Mota dio un grito de terror y salió corriendo para encerrarse en el cuarto de baño. Allí se levantó de nuevo el pijama y volvió a verlo. Era un animal. Pero no como ella siempre había temido. No es que sus lunares se hubieran agrupado en manchas grandes, no; aún no era la Niña-vaca. En su espalda, con trazos de rotulador azul uniendo sus lunares, había un perro dibujado. Alguien había aprovechado la noche para transformar su espalda en una página de pasatiempos: una versión en carne y hueso del Une los puntos.

–Borrón… –dijo Mota entre dientes, ahora más enfurecida que asustada. Borrón era el mote que le había puesto a su hermano. Por su afición al dibujo y porque Mota pensaba que era todo un error de la naturaleza. Y de sus padres.

–Hoy se adelanta la hora del baño –añadió mientras abría los grifos para que se mezclara el agua. Echó un buen chorro de gel y se fue quitando el pijama para meterse en la bañera.

–¡Hum!, sopa de espuma –dijo, ya de mejor humor, mientras se zambullía. Después, cuando se acostumbró a la temperatura del agua, cogió el cepillo de madera de mango largo. Y empezó a frotarse con fuerza y ritmo, intentando hacer desaparecer las rayas de rotulador azul. Las rayas y los lunares, si fuera posible.

 

Con medio cuerpo fuera de la bañera y girando la cabeza hasta casi desenroscársela, Mota observaba en el espejo la obra de su hermano. Borrón se había superado: uniendo entre sí los lunares había logrado retratar a su dálmata. Realmente, el dibujo se parecía mucho a Punto.

–¡Guau!, ¡guau! –oyó Mota, sobresaltada pensando que le ladraba su propia espalda. Junto a la bañera estaba el dálmata. Y con cara de no entender por qué Mota se empeñaba en borrar un retrato en el que salía tan favorecido.

–¡Qué susto me has dado, Punto! No sabía que estabas aquí –Mota había dejado de frotarse con el cepillo. En parte por la cara de pena de su perro y en parte para tomarse un descanso y recuperar fuerzas.

–¿Qué pasa?, no me digas que te gusta el dibujito.

–¡Guau!

–Ya… No sé si entender eso como una muestra de admiración o como un simple ladrido –dijo Mota deseando que su perro entendiera lo que ella le decía– Lo siento, pero el cuaderno en el que te han dibujado es mío. ¡Y lo quiero limpio!

Mientras, la espuma había ido escurriendo por su espalda. Una pequeña parte se había quedado bajo el hombro izquierdo, donde la unión de lunares y rayas formaba el morro del perro. La espuma parecía salir de la boca del animal, como si tuviera la rabia. La imagen no le gustó nada a Mota. Y de la misma manera, con rabia, retomó la tarea de borrar de su espalda todo Punto, raya y lunar.

–Demasiados puntos –dijo Mota, refiriéndose no sólo a los lunares sino a los perros que, entre mascotas, dibujos y reflejos en el espejo, ya sumaban tres– ¡Con lo que me gusta estar sola en el baño!

 

 El desagüe ya se había tragado todo el agua y Mota seguía mirando el suelo de la bañera. Siempre esperaba que, tras el agua y la espuma, aparecieran sobre el esmalte blanco un montón de puntitos oscuros: sus lunares. Pero estos seguían en su sitio.

–Por lo menos el dibujo se ha borrado –dijo Mota.

–¡Guau! –respondió el dálmata.

–Anda, Punto, no te pongas triste. Si tú eres mucho más guapo.

Como si le hubiera gustado lo que decía su dueña, el perro empezó a mover la cola. Mota, que tenía todavía la coleta empapada, la escurrió sobre el lomo del dálmata.

–¡Ja, ja, ja!, no sufras, Punto, que tú no puedes borrarte con el agua…

–¡Grrrr! –contestó el dálmata. Igual que si la cola le hubiera contagiado los nervios a todo el perro, este se centrifugó devolviendo parte del agua a la niña. En medio de la risa, a Mota le pareció que, además de las gotas, se desprendía alguna de las manchas de la piel del dálmata. Y aunque estaba segura de que eso no era posible, se apartó, no fuera a aumentar su número de lunares con las manchitas del perro.

–Creo que debería pensar menos en mis lunares. Empiezo a ver cosas raras –dijo Mota para sacarse la idea de la cabeza. Se la cubrió con la capucha del albornoz y la comenzó a secar.

Capítulo 3

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Sin embargo, para Mota no era fácil dejar de pensar en sus lunares. ¡Si hasta su perro se los recordaba! La verdad es que le había escogido por eso. Nada más verlo en la pajarería supo que el dálmata sería suyo: ¿quién podría cuidarle mejor que ella, que compartía con él el asunto de las manchas en la espalda? Era una cuestión de compañerismo.

Lo del nombre, aunque no lo parezca, fue un poco por casualidad. Estaba toda la familia discutiendo cómo se llamaría el perro (Borrón insistía en que, con lo que ladraba, sólo podría llamarse Ladrón), cuando Mota, para acabar la disputa, gritó:

–¿De quién es el perro?, mío, ¿no? ¡Pues, punto!, el nombre lo elijo yo.

–¿Punto? –preguntó su madre– ¡me gusta! Punto le viene al pelo.

Y el dálmata quedó bautizado.

 

El resto del día pasó como un día cualquiera, hasta que volvió a llegar la noche. Una noche clara con el cielo despejado y lleno de estrellas. Mota revisó de nuevo sus lunares en el espejo y, tras terminar sin novedad su Observación Lunar, se puso a admirar las estrellas por la ventana de su habitación. En noches como esa disfrutaba mucho contemplando el cielo, descubriendo estrellas que nunca antes había visto.

De repente, algo se movió en el cielo dibujando una curva de luz– ¡Una estrella fugaz! –gritó Mota. Antes de poder pedir un deseo, una segunda estrella apareció moviéndose por la misma zona que la anterior– ¡Otra más! Y van dos, ¿has visto, Punto? –volvió a gritar Mota.

El perro se acercó a la ventana para ver qué alegraba tanto a la niña, pero el cielo ya no se movió más. Mota aún aguantó un rato antes de meterse en la cama. Y cuando lo hizo pensó que, si esperaba lo suficiente, quizá se movería alguna de las estrellitas fosforescentes del techo. Un minuto después soñaba que era una astronauta flotando en medio de miles de estrellas fugaces, como en un enorme fuego de artificio.

 

La primera revisión del nuevo día ante el espejo le pilló un tanto adormilada. Quizá se cansó mucho durante la noche flotando en el espacio. Aunque Mota no recordaba haber soñado nada.

–… 96, 97 y… ¿98? –esta vez, Mota terminó su cuenta de lunares antes de tiempo. Algo sorprendida, decidió lavarse un poco la cara antes de volver a contar desde el principio. Sin embargo, la voz de Borrón, que necesitaba entrar en el baño, la distrajo. Lo suficiente como para que se olvidara de repetir el recuento.

Capítulo 4

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Si su madre se hubiera enterado del olvido, habría pensado que quizá a su hija se le estaba pasando ya el complejo que tenía por sus lunares. Estaba un poco preocupada. Sobre todo desde aquel día que la llamó el director del colegio. Sacó un buen montón de hojas escritas por Mota y se las dio a leer. Casi se ahoga al intentarlo. Mota no había puesto ni un solo punto en ninguna de ellas.

–Dice que no piensa escribir nunca con “lunares” –dijo el director–. Mota tampoco pone puntos sobre las íes. Mire esto –le extendió una hoja nueva. En la tercera línea aparecía, tras una lista de nombres y para acabar el renglón, una hilera de comas. Exactamente, tres seguidas.

–“Comas suspensivas”, las llama –el director observaba con atención a la madre de Mota– Y no le falta razón para llamarlas así. Gracias a ellas ha suspendido el examen.

–No le gustan sus lunares –fue todo lo que su madre pudo decir. Antes de irse del despacho del director, todavía pudo ver otra de las hojas escritas con la letra de su hija. Era una prueba de ciencias naturales. Como respuesta a la pregunta “¿Conoces algún animal que viva en el polo?”, Mota escribía: “el pingüino”. Las dos comas sobre la “u”, que Mota había escrito un poco tumbadas, transformaban la letra en la cara sonriente de un esquimal. La “i” que iba a continuación, con la coma encima, era su lanza. Su madre no pudo evitar reírse.      

 

Desde entonces en casa intentaron de mil maneras que Mota dejara de pensar en sus lunares como algo malo. Aunque no todas las ideas fueron muy acertadas. Como aquella vez que, por su cumpleaños, le regalaron un vestido de sevillanas.

–Las cosas con lunares pueden ser muy bonitas, Mota –dijo su madre al  entregarle la bolsa con el vestido. Esa misma tarde tuvo que ir a cambiarlo por un paquete de estrellas para el techo de su habitación.

 

Fue entonces cuando a su madre se le ocurrió que quizá un dálmata le ayudaría a aceptar sus lunares. Y pensó lo mismo cuando encontró a Pinta en el jardín. Por la disposición de sus lunares, era como una ficha de dominó.

–¡Gracias, Mamota! –dijo Mota, que siempre llamaba así a su madre. Después de darla un beso, Mota cogió la mariquita y se la llevó a su habitación.

–Voy a presentarte a un amigo. Es de los nuestros –al abrir la puerta, Mota sintió que el perro y la mariquita se caían bien. Sólo tuvo que añadir:

–Pinta, te presento a Punto. Punto, esta es Pinta.

 

Lo de los animales fue una buena idea: Mota ya no se sentía sola. Sin embargo no logró que a la niña le gustaran sus lunares. Los seguía odiando hasta en las fotos.

Cuando nadie miraba, Mota se acercaba a la estantería del salón y alcanzaba algún álbum de su madre. Aunque los tenía más que vistos, de vez en cuando volvía a revisarlos. No quería que quedara prueba alguna de sus malditos lunares.

–Yo creo que aquí faltan fotos –había dicho su madre en más de una ocasión. Mota nunca tenía nada que decir.

Como las fotos del último verano en la playa habían acabado ya en la chimenea, Mota no encontró ninguna nueva. Se puso de puntillas para devolver el álbum a su sitio en la estantería, y casi lo había conseguido cuando algo le cayó en la cara. Se dio tal susto que poco faltó para que tirara al suelo el álbum.

Mota se agachó y recogió el sobrecito de plástico que se había salido de él. Eran los negativos de las fotos. Nunca se había detenido a mirarlos, así que los puso un momento al trasluz. Pero casi no se veía nada. Si acaso, en uno de ellos se podía apreciar un cielo estrellado. Mota se acercó a la ventana y lo miró con más atención: sí, se veían un montón de estrellas blancas sobre el cielo negro. Aunque había algo raro. Encima de las estrellas, en la parte de arriba del negativo, había algo parecido a… ¡una coleta!

Mota buscó una lupa y entonces lo entendió. Era el negativo de una foto que su madre no había puesto en ningún álbum. Estaba segura: recordaría haberla destruido. Lo que se veía arriba era el final de su propia coleta, sobre su espalda; y los puntitos blancos no eran estrellas, sino sus lunares.

En ese momento, una idea pasó fugaz por la cabeza de Mota. Pero tendría que esperar a que fuera de noche para comprobar lo que sospechaba.

Capítulo 5

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Después de un baño rápido en el que volvió a contar sólo 98 lunares, Mota se plantó en su habitación entre el espejo de la pared y la ventana. Con la espalda descubierta y un espejito en la mano, de tal manera que podía ver a la vez estrellas y lunares. Levantó el espejito de su mano a la altura de los ojos y comparó lo que veía. De un lado, un montón de puntitos brillantes; del otro, un montón de puntitos oscuros… Y le parecieron iguales.

¡Las estrellas y los lunares estaban colocados exactamente igual! Por cada lunar, había una estrella en el cielo. Y estaba situada en el mismo sitio que el lunar ocupaba en su espalda.

–Punto –dijo Mota–, tengo… en la espalda… un mapa de las estrellas…

–¡Guau! –opinó el dálmata.

–Sí, a mi también me parece alucinante.

Mota recordó entonces las dos estrellas fugaces que había visto unas noches atrás. Justo antes de que desaparecieran de su espalda dos lunares. Desde ese momento no le habían salido las cuentas.

Pensó en lo mucho que le gustaba, desde pequeña, mirar las estrellas. Y también recordó haber soñado alguna vez que era astronauta, y que flotaba entre ellas. Y pensó en sus estrellitas fluorescentes. Y recordó haberse encontrado allí arriba con una niña muy linda… Pero no, eso no lo había soñado nunca, ¡lo estaba viendo!

Frente a ella, en la ventana, había una niña… ¡que flotaba!

–¿Quién eres? –preguntó Mota.

– Hola, Mota; me llamo Vega.

–¿Sabes mi nombre?

–Allí eres muy famosa. Por lo de tu espalda. A veces te llamamos La Niña de las Estrellas –Vega hablaba despacio, con una voz suave que ayudó a que Mota se sintiera muy tranquila.

–¿También sabes lo de mis lunares? –Mota seguía asombrada.

–Son estrellas –corrigió Vega.

–Sí, eso lo acabo de saber. Pero hasta hoy eran lunares. Y no me gustaban nada. ¿Cómo puedes… flotar, Vega?

–Tu flotarías allí arriba, en el espacio, ¿no? Pues es lo mismo –Punto se había acercado y Vega le acariciaba la cabeza.

–¿A qué has venido? –Mota no se cansaba de hacer preguntas.

–Quería conocerte personalmente antes de que nos visitaras. Pero no  podía venir hasta que entendieras lo de tu mapa estelar. No quería asustarte.

–¡¿Yo voy a ir allí arriba?! –a Mota se le escapó un grito. Nunca antes se había sentido tan feliz– ¿Voy a viajar a las estrellas?

Pero Vega ya no podía responderla. Desde muy arriba, agitaba su mano despidiéndose de Mota, hasta que esta ya no pudo verla.

–Hasta pronto, Vega. Nos volveremos a ver –susurró Mota. Después, abrazando a su dálmata, le dijo– Oye, Punto, ¿te he comentado alguna vez que voy a ser astronauta y viajaré a las estrellas?

–Guau, guau, guau, guau, guau, guau, guau…

–¿Tantas veces?, ¡Ja, ja, ja! –rió Mota.

 

Justo al día siguiente, su madre pensó que Mota había superado su complejo. La vio con un montón de fichas llenas de puntos, jugando al dominó. Jugaba con su hermano… bueno, Pinta, la mariquita, también jugaba.

Mota se había vestido con un pareo de estrellas.

Y llevaba la espalda al aire.

 

 Punto final.